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Onelia, un ejemplo de vida

Tiene 76 años, un buen humor en el carácter y una elasticidad en su cuerpo envidiables. Nadie se imagina que detrás de su sonrisa y amabilidad constante hay una historia de lucha y duelos casi desde el nacimiento y que detrás de su cuerpo flexible y ágil hay cinco costillas, la clavícula, la pelvis una pierna y la cadera quebradas, un pulmón perforado, una oreja menos (que bien disimula con el cabello) y una válvula de cerdo en el corazón. Onelia Faría, profesora de yoga y fabricante de pastas caseras increíbles, es sin duda, un ejemplo de vida.

Tenía meses de vida cuando su mamá se fue con otro hombre y la abandonó. Hace unos años, encontró por internet a sus demás hermanos y conoció la vida de su progenitora, que ya había fallecido. Fue criada por la madrina y luego por el padre.

Colonia Seré fue el escenario de sus primeros años. Se casó, tuvo dos hijos pero a los 35 años quedó viuda. En un accidente de tránsito, el tren se llevó la vida de su esposo y un sobrino. Otra vez a lucharla desde abajo.

Once años después, llegó Rubén al pueblo y formó pareja. En octubre del año pasado, 27 años después de ese día en que resolvieron vivir juntos, llegó su compañero con las alianzas y le propuso casamiento.

En el ’87 las inundaciones arrasaron en la pequeña localidad. “Pudimos sacar todo, los muebles y la mercadería con la zorra del Ferrocarril. Vinimos a Pico y otra vez a empezar”, recuerda, siempre con una sonrisa.

Fue ese mismo año en que se le diagnosticó artritis en los huesos. ¿Cómo enfrentar la dura vida diaria si el cuerpo no responde? La envió a hacer yoga. Tenía 50 años. La artritis, al tiempo, se curó. Y continuó haciendo yoga, estudió y da clases desde entonces.

Su vida transcurría entre la familia, la fabricación de pastas caseras y las clases de yoga. Pero hace 9 años, un accidente que involucró a un colectivo de la empresa Dumas quiso torcer el rumbo de los días. Murieron dos personas en aquel entonces y Onelia podría haber sido la tercera.

Se quebró la clavícula, cinco costillas, la pelvis y la cadera y se le perforó un pulmón, además de haber perdido la oreja. “Pero no me molesta no tener oreja –dice y muestra con picardía el pequeño agujero que quedó en esa parte del cuerpo-  Solo me doy cuenta cuando me lavo la cabeza porque falta algo ahí.”, y remata con coquetería y risas, “igual me pongo aros, pero en uno solo. En ese entonces me dijeron de ponerme una oreja postiza, pero no quise. Aparte de que era cara, después cuando vinieran mis nietos para mi cumpleaños, se iban a quedar con la oreja en la mano”.

Estuvo en terapia intensiva. Su familia temía por perderla pero a los cuatro meses, ante el asombro de médicos, amigos y conocidos, ya estaba dando nuevamente clases de yoga.

Otro accidente doméstico terminó con una pierna quebrada y otra vez la recuperación, más rápida de lo previsto y volver a dar yoga, aunque por unos meses desde una silla de rueda. Y hace año y medio debieron cambiarle una válvula del corazón por una de cerdo. “Así que si te hago hoc hoc, no te asustes”, dice riéndose de sí misma.

Y agrega que se siente muy bien con su cuerpo. “Quiero mucho a mi cuerpo, todos los días al levantarme me miro al espejo digo: qué linda que estoy”.

Tiene 76 años y cuando se le pregunta por la muerte, sonríe y habla de ella de la forma más natural. “No, para nada, si todos tenemos que llegar – contesta cuando se le pregunta si le tiene miedo- Lo que voy a lamentar cuando me tenga que ir es dejar a mi  familia”.

Onelia es sencilla, simple, y pocos adivinan la vida que llevó. Pero a nadie se le escapa que en su presencia la armonía interior y la energía vital inundan todo.