Por: Armando Luis Zapata
Carlos Verna depuso su candidatura a gobernador. La decisión era probable ante el marasmo producido, en el PJ pampeano, por la intromisión de Cristina Elizabeth Fernández de Kirchner en el armado de la estrategia electoral.
El renunciamiento, que rondó la cabeza del jefe de la Plural –y las de sus adláteres- abona varias lecturas. La primera, tiene que ver con una actitud salvífica del propio Verna. Resigna el desafío y elude el riesgo de gobernar La Pampa sin la mano “bienhechora” de la mandamás del kirchnerismo. La que garantiza caja y apoyo político a cualquier sumiso provinciano consagrado gobernador por el voto popular.
La segunda –concatenada con la anterior- tiene que ver con la senaduría que ejerce Verna. No es un desatino suponer que el barbado legislador optó por fugar del sillón gubernamental de La Pampa, convencido de que, vencido y desairado por Cristina, puede servir para dar otra batalla en la Cámara Alta. Inferir que, a futuro, su postura será de abierto enfrentamiento con la estructura K no suena descabellado. En ese cambio de táctica política, ya no habrá gestos o insinuaciones para congraciarse con la Presidente de la Nación. Está claro que la batería de intentos consumados para atenuar los entuertos personales del pasado mantenidos con la ex – senadora en el affaire “Bercún” no le sirvieron de nada. Mucho menos para erigirse en un defensor del federalismo, porque el federalismo para el gobierno K no es premisa de respeto constitucional y republicano.
De todos modos la retirada de Verna continúa impregnada de silencios. Un cóctel de mutismos inmerecidos para sus propias huestes. Silencios que fungen como un destrato sistemático hacia ellas.
Hasta hoy el peronismo pampeano ignora cuáles fueron las bases o las claves del acuerdo que Verna había anudado con Cristina. Según propia confesión, Rubén Marín, admitió públicamente que nunca había hablado de ese tema puntual con el senador y líder de la Plural. ¿Es lógico, entonces, que, orgánicamente, el PJ desconozca cuestiones tan delicadas para su propia dinámica política? ¿Qué estrategia electoral podía diseñar o pergeñar el PJ, con coherencia y certitud, si el jefe de la mayoría no informó al partido sobre el acuerdo marco con CFK y el presidente del partido jamás le preguntó nada sobre el particular?. Las respuestas que puedan enhebrarse ante estos interrogantes, desde el sentido común y del respeto democrático a las bases del peronismo, son admonitorias a lo actuado por Verna y Marín. Ambos, por acción y omisión son responsables del armado con naipes de un castillo electoral. Castillo de naipes que Doña Cristina volteó de un dedazo.. Además ha quedado evidente que cada vez que ambos retoman el diálogo, tras prolongadas incomunicaciones, no hablan de lo crucial e importante sino de lo circunstancial y superfluo o secundario.
En el fondo de este misterio o, si se quiere, en el centro mismo de ese erial político, pueden hallarse explicaciones a la borratina de Luis Campo, Adriana García y Raúl Aragonés en las listas de postulantes a diputaciones nacionales. Más que “chivos expiatorios” en pos de un consenso forzado (y leonino) con CFK, ellos tres fueron víctimas de los desmanejos de los Jefes partidarios. Quizás, la Justicia Electoral tarde demasiado en reparar los agravios sufridos por ese tridente peronista (o no lo haga nunca). Lo irrefutable es que lo acontecido es fruto de una cultura política cimentada en el verticalismo más cerril. Hábito que siempre censuró a la democracia interna en el PJ.
En este aspecto, el muestrario de la historia asevera que el PJ no resiste a ningún archivo democrático. A poco del alboreo peronista del ’45, fue la mano de Perón la que tumbó a Cipriano Reyes. En los ’50 esa misma mano se encargó de descabezar a Mercante. En tiempos de la resistencia, la figura de John William Cooke –mentor del peronismo revolucionario- fue quitada del centro de la escena con el consentimiento del exiliado Juan Domingo. En los ’70, Perón se valió de López Rega para concretar tres golpes palaciegos: uno contra el tío Héctor J. Cámpora; otro contra Oscar Bidegain, gobernador de la provincia de Buenos Aires; y un tercero, con el aporte de Navarro –un jefe de policía-, contra la dupla Obregón Cano – Atilio López, que gobernaba la provincia de Córdoba. En esa misma década, Marín y el sindicalismo pejotista conjuraron contra el gobernador Aquiles Regazzolli –hasta rumbearon hacia el despacho del Ministro del Interior, Angel Robledo, para que se interviniese la provincia-. En los ’90, Eduardo Duhalde ya distanciado de Carlos Menem, asumió la conducción nacional del PJ. Al poco tiempo, transitoriamente se alejó de la presidencia, cargo que interinamente asumió Rubén Marín. Cuando Duhalde decidió retomar el mando, Marín sólo se enteró… por los diarios. Esta breve síntesis de verticalidad antidemocrática podría ampliarse con la trama episódica que tejieron Marín y Verna en La Pampa. Responsables de una interna feroz e inacabable, repleta de ninguneos y zancadillas recíprocos, que ha convertido en rehenes a instituciones gubernamentales y privadas de la provincia.
En consecuencia y más allá del asombro, no sorprende lo truculento de este último capítulo. Una prueba más de que la lealtad peronista no es un acto litúrgico, sino apenas un mito. A la dirigencia peronista pampeana, Doña Cristina le ha obligado a beber la misma pócima política que Perón le imponía probar a sus subordinados. El mismo brebaje que Marín y/o Verna les hicieron tragar a sus acólitos. Y que ambos debieron probar antes y después de las pulseadas personales que protagonizaron.
Por lo tanto, resulta anecdótico el presunto conocimiento previo que Marín (para muchos un ganador en esta ocasión) tenía sobre la imposición de María Luz Alonso y Silvia Bersanelli, candidatas a diputadas nacionales por “La Cámpora”. Lo fundamental es que CFK disciplinó al PJ pampeano con cirugía y sin anestesia. Porque apunta a ventilar el panorama peronista. Porque, de manera intransigente, procura remozar sus cuadros dirigentes. Porque no cree ni confía en las actuales figuras que representan al PJ Porque busca el armado de tropa propia, que le sea incondicional y obediente en el Poder Legislativo Nacional y en las gobernaciones provinciales. Y porque trasunta la decisión de kirchnerizar al pejotismo. Misión ardua y compleja, para la que no han sido suficientes el apoyo de aliados extra-partidarios, como Silvia Vázquez de Concertación Forja y el socialista Ariel Basteiro, hoy desplazados de las listas K.
La movida o el propósito de Cristina y el núcleo duro K, al filo del cierre de listas para que ninguna ambulancia tuviese tiempo de transportar heridos a otros sanatorios de la variopinta facción peronista, también debe ser tenido en cuenta por el Partido Humanista. ¿Terminará siendo un bocato de cardinale para el paladar kirchnerista?. El entrismo o el seguidismo filo o pro peronista, practicado por muchas fuerzas políticas argentinas, ha concluído, según la historia, como termina cualquier humano luego de recibir el abrazo del oso.
Sobre el mapa de este paisaje laberíntico, el senador Carlos Verna intuyó que el futuro inmediato podía sorprenderlo con dos anchoas en medio del desierto. Por eso eligió atrincherarse en su curil. Además, una hipótesis electoral amenazaba con limar su poder en caso de ser electo gobernador: la composición de la Cámara de Diputados. Debido a que varias fuerzas políticas provinciales traccionan la candidatura de Cristina, no sería un absurdo la pérdida de hegemonía en el legislativo pampeano. Además, el peronismo llega a esta elección muy fragmentado, fenómeno capaz de acentuar representatividades no disciplinadas por el vernismo en la Cámara.
Ante ese porvenir incierto, ya afeitado en seco y a distancia por el pulso firme de CFK, Verna optó por escaparle al brete. Ese vacío será cubierto por Norma Durango, a quien acompañará Juan Pablo Morisoli. Hasta en ese último desplazamiento Verna no pudo disimular incoherencia. Tiempo atrás, en el Senado, desaprobó el pliego de Aldo Ferrer como embajador en Francia. Argumentó que el economista había formado parte de la dictadura militar que se instauró en el país entre 1966-1973. Remarcó que la trayectoria de Ferrer era incompatible con la política de Derechos Humanos del gobierno nacional. Pero fue el mismísimo Verna quien postuló para la gobernación de La Pampa a Oscar Mario Jorge –un colaboracionista de la dictadura genocida de 1976-1983- e incorporó como funcionario de su gobierno a Edgardo Locatelli –militar en actividad durante ese perìodo-, trágicamente desaparecido. Ahora, su relevo como candidata a gobernadora es Norma Durango. La dirigente que reivindicó a Marenchino, el represor y dirigente peronista de origen castense, con una frase agraviante para los DDHH: “hay que darle una segunda oportunidad”. Marenchino, fue condenado por la Justicia Federal en la causa de la Subzona 14 y aún es afiliado al PJ.