Partimos de Tupiza donde nos quedó casi todo por conocer y en cinco horas llegamos a Potosí, la otrora ciudad imperial, la que en una época fue la más grande y rica del mundo. Hoy, con calles rotas, sucias, casas semi destruidas. Y niños trabajando en la mina, y mineros muriendo a los 25 años.
la laberíntica ciudad de Potosí
En Tupiza nos espera un próximo viaje conocer los volcanes, los géisers, el valle encantado… pero el viaje es largo y Machu Pichu aún está lejos.
Las impecables rutas desde Tupiza a Potosí se ven escoltadas por caseríos de adobe y arcilla; y por cholitos y cholitas cuyas formas de caminar, lentas y encorvadas, denotan más de 500 años de sumisión, humillación y despojos. Nos llamó la atención la cantidad de templos evangélicos en los caseríos. Y la cantidad de iglesias católicas.
Llegar a Potosí provoca una impresión muy fuerte. El cerro rico está mutilado, ha sido mutilado desde hace 500 años. Hoy no se sacan las increíbles cantidades de plata que se sacaban en el siglo XVII (se dice que con lo llevado a Europa se podría haber hecho un puente totalmente construido en plata desde Potosí hasta la casa de la Corona en España).
Pero aún sigue siendo la principal fuente de trabajo. Claro que ahora apenas alcanza para vivir. Aún niños de entre 10 y 12 años comienzan a trabajar en las minas. Saben que su expectativa de vida no superará los 25 años por la neumocosis.
El despojo que sufrió Potosí fue proporcional a su esplendor. Para ilustrarlo, vale contar que en 1658, las calles de la ciudad desde el centro al templo de los Recoletos se desempedraron para la festividad de Corpus Christi y se cubrieron con lingotes de plata.
Según los registros oficiales, que no cuentan lo sacado por contrabando, entre 1503 y 1660 llegaron a España 16 millones de kilos de plata extraídas de América. Potosí era la ciudad más rica y grande de esa época, pero también la que se llevó la vida de 8 millones de indios que trabajaron en la mita.
Hoy, la situación es muy diferente. Calles rotas, casas semi derruidas… y una cultura que se mantiene o se entremezcla en el proceso de globalización y el sincretismo. El trazado de las calles es casi laberíntico y la arquitectura colonial es majestuosa.
La plaza de armas nos asombró. Llegamos un primero de año y las increíbles iglesias y palacios construidos durante el virreinato contrasta con la iluminación y las imágenes de pinos nevados, muñecos de nieve y papá Noel típicas de una publicidad de Coca Cola.
Se escucha cumbia y otra música comercial en la mayoría de las radios y negocios, se mezclan costumbres milenarias como el mascado de coca, con otras impuestas por los españoles como la vestimenta del coya con otras propias de la globalización como la ambientación de la plaza de Armas en Navidad. Sin embargo, como pocos pueblos, mantienen algunas costumbres a rajatabla.
Caminando por las calles potosinas, una cholita nos deseó un buen año con lágrimas en los ojos. Le preguntamos si tenía algún problema, y nos respondió que no, que lloraba porque era boliviana.
Bolivia fue el lugar más rico de la América colonial, hoy es un país pobre tratando de salir de su estado de quinientos años de expoliación.
Nos vamos a dormir, mañana partiremos al salar de Uyuni y seguramente les contaremos la experiencia.
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La globalización y las cultura autóctona
El cerro Potosí ha ido cambiando de colores según se lo viene mutilando desde hace 500 años
En la ruta nos acompañan inmumerables caseríos
Las iglesias católicas, majestuosas y llenas de plata y oro, o muy humildes, pero siempre presentes