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Sobrevivir limpiando vidrios



Estaciono frente a la plaza. Aparece un pibe, “¿le limpio el vidrio?”. No, le indico con el dedo. Miro su cara, ojos cansados, sin esperar nada, mueca de “siempre lo mismo”, gesto de fastidio ante la vida que les toca. Me pongo a charlar. “Nosotros queremos un trabajo digno, el Municipio nos contrató en enero y febrero y ahora dice que no tiene plata”. Tiene un nombre, Ezequiel, 22 años, una nena, está haciendo la escuela primaria en la nocturna…. Eso es  lo que tiene. Y la escobilla, el jabón y el agua para limpiar el vidrio… Eso es lo que tiene. Accedo a que limpie el vidrio y cuando salgo del lugar, empiezo a ver mejor. ¿Será el parabrisas limpio? O…, ¿será que miré a los ojos?

“Nos dejaron sin trabajo por eso volvimos”, relata Ezequiel. Viene de un barrio periférico y su forma de hacerse visible en la ciudad fue el balde, el jabón y la escobilla en la Avenida San Martín frente al Municipio.

Hace cuatro años que limpian los vidrios, saludan a la gente y reciben discriminaciones explícitas y tácitas. Una mirada despectiva, un “no querido, gracias, a ver si me rayás el vidrio”, un ninguneo… también la charla, el mate que pasa de mano en mano, el cigarro compartido… pero siempre el estigma de ser pobre. Para bien o para mal. Para una mano tendida, una mirada de miedo (“quizás sea hermano del que me robó”) o un gesto de desprecio.

Fueron siete los muchachos que en enero y febrero realizaron parquización para el Municipio. Compraron una factura para poder cobrar su trabajo. Pero se terminó. Hablaron con el secretario de Desarrollo Social, Daniel López, con el secretario del intendente, “no hay más plata”.

Volvieron a limpiar vidrios. Apenas sacan unos pesos. Ni hablar de pasar plata  a la mamá de la hija. “Sacamos el día nomás, lo que queremos es un trabajo en blanco”, aseveró.

Golpearon puertas para salir de eso. En Desarrollo Social les abrieron un ventanuco. “Les pedís un trabajo y lo único que te dicen es: ‘tomá y te dan un subsidio de 3 o 4 gambas (trescientos o cuatrocientos pesos) y listo. Y arregláte.”

Cada noche, el lugar de Ezequiel es la escuela 57, en la Escuela de Adultos, donde está terminando de hacer la primaria. “Ahora de grande me di cuenta que hay que estudiar, de chico no me gustaba”.

La ciudad es hostil. En un mercado de trabajo que no integra ni siquiera a gran parte de jóvenes con secundario y hasta universidad completa, pocas alternativas se brinda a estos chicos. La mayoría de las puertas están cerradas. Quizás la única puerta siempre abierta es la del delito. ¿Y si la cruzan?