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Historias de Pico: el Molino Fénix

Es un “gigante dormido” que ya no va a despertar. Pero no siempre fue así. Durante sesenta años marcó el ritmo de la ciudad con su sirena que tocaba a las 8, a las 12, a las 15 y a las 18 horas. Fue “el rascacielos pampeano”, el que tenía entre sus paredes a más de cien empleados que trabajaban las 24 horas del día en tres turnos, unos 362 días al año. Comenzó a construirse en 1908, empezó a funcionar en 1922 y cerró sus puertas en 1982. Aquí su historia.

Fue uno de los íconos de una Pico industrial, pujante. La revista “Caras y Caretas”, a principios del siglo XX  hablaba de nuestra ciudad como la “Chicago del Sur”.

Fue ampliándose hasta ocupar 20480 metros cuadrados de construcción donde llegaron a molerse hasta 180 toneladas por día de trigo.

En sus  diez gigantescos silos y los 7 entresilos y en el inmenso predio que rodea el molino se llegaron a acopiar hasta 22.000 toneladas de granos. “Había trigo hasta en las vías”, se decía en las calles de la aldea que era General Pico entonces. Los silos tenían 20 metros de alto, 6 de cono subterráneo y 8 metros de diámetro.

Había gente trabajando en el depósito de materia prima, recepción, limpieza, molienda, envasamiento, sala de máquina, silos, caldera, depósito de harina y subproductos, secciones de mantenimiento, electromecánica, taller de carpintería, caballerizas, en cuatro viviendas para personal jerárquico y una para el gerente.

Todo se hacía dentro de la fábrica. El fundador, Emilio Werner organizó el molino con mentalidad alemana. Había un plantel de carpinteros permanente que arreglaba pisos,  bancos de molienda, y todo lo que era de madera. Había un stock permanente de madera estacionada.

El laboratorio era propio, la casa central estaba en Rosario, en la Facultad de Agronomía de Santa Fe y desde allí los profesionales enseñaban a los auxiliares a remitir los análisis diarios. Recién cuando se confirmaba el resultado se autorizaba descargar el trigo.

Llegó a tal extremo la mentalidad de realizar la producción vertical que en la década del ’60 en los talleres del molino se construyó un tractor imponente que reemplazaba a los animales en su función. Y hasta las bolsas para fraccionar la harina se hacían dentro del molino. Una peregrinación de mujeres del barrio llegaba cada día a realizar la tarea.

El molino funcionó en sus orígenes con una máquina a vapor que consumía 100 kg de leña por hora. Más tarde llegó la modernización y se usó gasoil. Y por último, la energía eléctrica.

Hasta se había construido una torre de metal de 35 metros de altura con un tanque de 50 metros cúbicos de agua para reaccionar ante un incendio. Todo estaba previsto.

Desde Pico se vendía harina a todo el país, a Bolivia, Chile, Brasil y Europa. Y en los últimos años se había instalado un sector con proveeduría para los empleados. Allí compraban los alimentos a precio de costo que luego eran descontados a fin de mes del sueldo. “Era una forma más de hacer unos pesitos más”, recuerdan.

El molino Fénix fue testigo de otra época. Cada quince días dos administrativos iban hasta el banco a retirar la plata para sueldos. Jamás tuvieron custodio y la llevaban en un sobre, caminando.

Entre las anécdotas increíbles de otro tipo de sociedad, donde la confianza y la palabra eran sagradas, figura la que ocurrió a mediados de la década del ’70. Se utilizaban como forma de pago, además del dinero en efectivo y los cheques, varios títulos que emitían los grandes consignatarios de hacienda y otras empresas. Se cuenta que un viajante vendió la harina a un panadero de Luán Toro que no tenía plata ni cheques para pagar. Cortó un pedazo de papel del rollo con el que envolvía las masas, y escribió de puño y letra: “páguese a Molino Fénix la cantidad de pesos (equis)” y firmó abajo.  En la administración no sabían que hacer, e intentaron cobrarlo en el banco Español de aquel entonces. La entidad financiera lo pagó.

La empresa llegó a tener 14 molinos diseminados en el país. Pero sucumbió a la modernización y las nuevas formas de producción más flexibles. El ámbito internacional no fue propicio, ni tampoco las despolíticas que se empezaban a implementar junto a la Dictadura Militar.

Las fábricas se achicaban, se robotizaban y se tercerizaban sectores de la producción. El Molino Fénix seguía funcionando como un gigante y no se invertía en nuevas tecnologías.

El país entró en una década de estancamiento productivo. La marca Martínez de Hoz le ponía el sello de defunción a miles y miles de industrias. El molino Fénix no fue ajeno, sus dueños vendieron molinos y concentraron en dos o tres la producción total. Igual, quedó fuera de competencia. Crisis en los ’70, crisis en los ’80 y no hubo forma de superar más escollos.

En julio de 1982 se avisó a los empleados que al mes dejaría de funcionar. Algunos fueron reubicados  y a la gran mayoría se les pagó la indemnización. Los obreros pensaban que era una broma. En términos de macro economía era entendible. En términos de brazos y corazón que ponían horas y horas  a la fábrica, no llegaba a comprenderse. Hubo obreros con cuarenta años de trabajo que quedaron de un día para el otro en la calle. El 8 de agosto de 1982, a las 12 horas, tocó por última vez su sirena.

Quedó unos años como depósito, se vendió a mitad de precio con el que salió a remate y poco a poco el “rascacielos de La Pampa” entró en una nebulosa legal y en un lento pero inexorable deterioro.

Hoy es un gigante dormido que no despertará jamás.