Por Centro Naim
En ésta época, donde el consumo parecía ser lo importante, a las sustancias ilícitas se les agregaron los psicofármacos. Así los adictos se convirtieron en poli adictos. En momentos de inestabilidad social, de desempleo y de pobreza, sumados a la decadencia de las relaciones sociales, la gran oferta de productos “legales” defienden al individuo de la ansiedad y la angustia, y lo ayudan a sobrevivir mientras ven como terminan de caer muchas de las instituciones tradicionales, incluida la familia.

Durante las últimas décadas, la ciencia avanzó a pasos gigantescos, especialmente en biotecnología. La sociedad comenzó a beneficiarse con esos avances. Repentinamente la medicina y la sociedad entera se encontraron discutiendo sobre temas que pocos años atrás eran impensadas: manipulación genética, clonación, cambio de sexo, fertilización asistida, por solo nombrar algunas. A partir del extraordinario avance de ciertas investigaciones surge la bioética que no es más (ni menos) que la mirada de diferentes disciplinas y saberes en un intento de que la ciencia avance por carriles de responsabilidad.
Los profesionales de la salud mental debemos aceptar que hemos descuidado y dejado fuera del ámbito de la de discusión de la bioética a uno de los problemas más representativos y dramáticos de ésta época: el consumo de sustancias psicoactivas y su relación con la legislación vigente.
No existe, dentro del ámbito de la salud, ejemplo mas claro y paradigmático de cómo puede agravarse un problema cuando la mirada ético-profesional no existe. No es frecuente que los comités de bioética discutan si es correcto someter o no a una persona a un tratamiento “curativo de desintoxicación” contra su voluntad cuando es derivado de una orden judicial.
Tal vez, esto sea así, debemos aceptar, porque difícilmente un psicólogo o un psiquiatra se planteen si es correcto tomar en tratamiento a un sujeto cuyo único motivo para concurrir a una entrevista es la orden de un juez.
¿Los profesionales de la salud mental tenemos la obligación de someter a una persona a la violencia de un tratamiento que no pide? ¿Tiene derecho o no un sujeto a decidir que hacer con su vida (y su dolor)? ¿Es legítimo quitarle a un sujeto la posibilidad de escapar de un estado que no soporta y le causa angustia? ¿O esa angustia solo se la puede tratar con una sustancia legal?
Es claro (y lamentable) que nuestra ley considera delincuente al toxicómano y lo someta a un juicio penal para castigarlo y curarlo. La ley desconoce la subjetividad cuando explica la toxicomanía por la sustancia y no por factores simbólicos propios de cada sujeto.