A menudo los padres (y no pocas veces también los hermanos) leen la tóxico dependencia del hijo como el resultado de una infancia excesivamente consentida, que ha generado un carácter débil y una consiguiente influenciabilidad frente a los reclamos de las “malas compañías”. El tóxico dependiente es, así, alguien que “ha obtenido siempre lo que quería”, que “siempre ha tenido una vida demasiado fácil”.

Precisamente por ese motivo el paso fundamental de la reconstrucción está representado por un verdadero vuelco epistemológico, es decir, por el reconocimiento de las carencias de atención y destete (autonomizarían) a las que ha estado (y está) expuesto el paciente en sus conexiones con la historia emocional del grupo familiar. Sin embargo, este es el punto que provoca una mayor resistencia en los padres: sea como forma de autoprotección de los sentimientos de culpa desencadenados por el reclamo a su responsabilidad, sea porque a menudo ellos mismos se han defendido en su momento, con la negación y /o racionalización, del sufrimiento derivado de la carencia sufrida en la familia de origen; y, como se sabe, la posibilidad de criticarse a sí mismos en tanto padres está ligada, al menos en parte, a la posibilidad de criticar a sus propios padres que pueden haber tenido de inadecuados en relación a ellos.
En otros términos, lo que la reconstrucción pone en crisis en el parte no es tanto y no solo el modo en que ha desempeñado tal rol. No debería ser tan difícil admitir que uno se ha equivocado; puede suceder. Lo que el padre advierte inconscientemente como objeto del ataque es también la relación con los propios padres, mas precisamente el modo en que ha idealizado las figuras paternas.
La Reconstrucción afectiva:
· Permite explorar el síntoma desde una óptica trigeneracional que no culpabiliza directamente a nadie, facilitando el acceso a una causalidad compleja que tiene en cuanta una multiplicidad de elementos: educativos, emocionales, relacionales y sociales;
· Ofrece a cada uno de los miembros de la familia la posibilidad de considerarse parte de un sistema sufriente. En particular, da sentido al malestar experimentado por el paciente en su recorrido vital, conectándolo con una carencia real sufrida y permitiendo que sus padres lo reconozcan en tanto transposición fiel pero agravada del sufrimiento experimentado por ellos mismos en su familia de origen;
· Alivia el peso de las responsabilidades individuales favoreciendo una mejor colaboración en la terapia, en un clima de constructiva corresponsabilización tanto por parte de los padres como del paciente;
· Quita al síntoma de toxicodependencia (y a su cronicidad) la etiqueta de “enfermedad de la voluntad”, que a menudo se le ha atribuido, dándole un significado más amplio respecto del mero uso auto gratificante.
En definitiva, el objetivo de esta reconstrucción es dar sentido al malestar experimentado por el paciente en su recorrido vital, conectándolo con una carencia real sufrida. La familia sale así de una convicción ilógica y distorsionada que considera al paciente como alguien que padece irracionalmente.
La reconstrucción, a diferencia de las intervenciones “correctivas” o “reeducativas” orientadas únicamente al “inadaptado malo y perverso”, ofrece a las personas y a la organización familiar la oportunidad de un paso evolutivo importante, fundado en la conciencia de lo ocurrido y en el mutuo reconocimiento de sufrimientos y responsabilidades. La intervención reeducativa empuja a la oscuridad sufrimientos y disfunciones y así concentra en la cabeza del paciente el peso del dolor propio y ajeno, dejándole como única vía de escape la plena culpabilización de sí mismo.
Para ser eficaz, pues, en términos generales, la reconstrucción debe desarrollarse en un marco no culpabilizador para nadie, pero de algún modo debe testimoniar la condición de “necesidad” tanto del comportamiento del toxicómano como de la disfunción a nivel paterno, como procesos que , en parte, escapa al control racional y al poder directo de los protagonistas.
CENTRO NAIM