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Diario de viaje por el Ecuador (duodécima entrega)



Hoy recorrimos el parque etnobotánico y al refugio de monos y de allí nos iremos a una comunidad kichwa, a pasar la última parte del día con el clan de Julián Sapi, un yasha (doctor bueno). Es que la Amazonía ecuatoriana nos tiene atrapados y es difícil seguir camino.

Karina, la guía del parque, mostrando las plantas medicinales
Karina, la guía del parque, mostrando las plantas medicinales

Hace 22 años, una mujer shuar y dos francesas comenzaron a formar el parque etnobotánico Omaere donde hicieron crecer plantas medicinales que los diferentes grupos humanos de la Amazonía ecuatoriana utilizaron y utilizan.

Antes de comenzar el recorrido, Chris, un canadiense casado con la fundadora shuar, nos contó más curiosidades de la comunidad waorani, aquella que no tuvo contacto con el resto del mundo durante más de 500 años.

Aún viven desnudos, con una cuerda de ceibo (no es el mismo ceibo que conocemos en Argentina) atada a la cintura, que en el caso de los hombres termina con el prepucio del pene atado para poder correr libremente en la selva.

La única tela que utilizan es una que teje un árbol con sus fibras y la utilizan para amarrar al cuerpo a los bebés y poder trasladarlos.

Por supuesto tienen un solo hijo hasta que pueda correr y acompañar a su padres por la selva. Y cuentan con plantas para controlar la natalidad.

Viven de la caza y la pesca, y no tienen vergüenza del cuerpo humano. Son comunidades matriarcales, que construyen la vivienda para albergar a todas las hermanas de una familia, sus maridos y sus hijos.

Son nómades, dejan su vivienda, construida con palmas, cuando la zona en que se asentaron necesita recuperar animales, frutos y peces, que es lo que comen.

Pero seis años antes de llegar a un lugar, siembran chontadura, una planta con la que se hace la chicha. Es una bebida, pero más que eso es una cuestión espiritual.

Solo la fabrican las mujeres casadas, mascando la fibra de la planta y escupiendo en una especie de paila donde fermenta.

Rechazar un vaso de chicha, es rechazar a la persona, a su comunidad y sus costumbres, y es imperdonable.

Además de la chontadura, un año antes siembran plátano y yuca, de tal manera que cuando van a asentarse, ya tienen el alimento y la bebida básica.

Aún no tiene explicación cómo es que se ubican geográficamente en la selva, ya que el cielo casi no se ve por las plantas altísimas y no pueden utilizar las estrellas ni el sol para ello.

Viven en el Parque Nacional Yasumí, que es declarado mundialmente el parque con mayor biodiversidad por metro cuadrado. Se contabilizaron hasta 400 especies vegetales diferentes por hectárea.

Hoy están en conflicto con el gobierno, porque se descubrió petróleo en el subsuelo y se quiere extraer sin contemplar que es territorio aborigen y parque nacional Yasumí.

Y en conflicto con las madereras y los extranjeros que incursionan en sus territorios llevándoles enfermedades.

Dos clanes de los waodani o waorani tienen aislamiento voluntario (no quieren tener contacto con el resto del mundo). Son los taomaneri y tagaeri, aunque hay indicios de que una de esas dos poblaciones ya no existe más.

La constitución de Ecuador los reconoce y establece que violar sus derechos es un etnocidio, sin embargo, el petróleo parece ser más fuerte que la ley. En este increíble país hay 14 nacionalidades diferentes, por lo que es un estado pluricultural y multiétnico.

Chris se entretuvo (y nos entretuvo) contando cómo este pueblo se las ingenió e ingenia para vivir en la selva, una naturaleza indomable, con la que se puede convivir, amar, respetar, pero no tratar de dominar.

Tras la charla recorrimos el parque, donde nos fueron mostrando las diferentes plantas medicinales.

Tienen para todo: para evitar que el cáncer avance, para las picaduras, para la piel, para el pelo, para la diabetes, y cualquier otro mal. También para evitar embarazos, hacer casas, ropa y utensilios.

Una de las plantas más llamativas es el árbol caminador, que en el lapso de su vida puede desplazarse hasta dos metros de distancia gracias a sus raíces que crecen por fuera de la tierra.

Luego fuimos al refugio de los monos, pero nos decepcionó que estuvieran en grandes jaulas o en espacios cercados con alambre.

Igualmente, fue divertido ver como reciben a los visitantes y hacen todo tipo de monadas y piruetas para llamar la atención.

En los lugares en que están sueltos, suelen dedicarse a abrir bolsos y carteras y sacar de adentro lo que puedan agarrar.

Por la tardecita nos iremos a la comunidad de Julián Santi, a media hora del lugar donde estamos. Hay lugares con pueblos originarios en que se reciben a los turistas y se les ofrece la foto con la gente semidesnuda y todo el circo comercial.

Preferimos convivir de otra manera. Quizás las comunidades organizadas para el turismo sean más pintorescas para la foto, pero son poco reales.

Y adentrarse más aún en la selva puede ser peligroso, además de insumir varios días. Así que optamos por el clan de Julián Santi, que es un shaya (nos dice que no es un shamán, porque esos son aprendices, mientras que los shaya son los que saben todo).

Mañana les contaremos como nos fue. Chau.

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Uno de los monitos sueltos en el refugio de monos
Uno de los monitos sueltos en el refugio de monos

Árbol caminador
Árbol caminador

Hombres shuar (fotografía de libre descarga internet)
Hombres shuar (fotografía de libre descarga internet)

Familia waodani (foto de libre descarga internet)
Familia waodani (foto de libre descarga internet)

Kichwas (foto de libre descarga internet)
Kichwas (foto de libre descarga internet)