(Télam) El correccional abierto de General Pico tiene un lavadero cubierto, una sala de recreación con metegol y mesa de ping pong, una enfermería con dos médicos en sendos turnos, una cancha de fútbol y una gran parrilla donde no faltan oportunidades para que los internos disfruten de un asado.

Foto: Julián Varela/Télam
Hay una carpintería donde construyen camas -algunas para uso propio-, los placares que tiene cada uno al lado de su cama, mesas y otros elementos que suelen donar a escuelas del medio. Y también está la herrería, donde paradójicamete no hacen rejas para la unidad sino para reforzar la seguridad en las escuelas.
También hay un lavadero de autos que atiende a los pobladores de esta ciudad pampeana situada a 135 kilómetros de Santa Rosa. Y una panadería donde preparan panes y facturas para el consumo interno.
A estos talleres se suman las labores que realizan en El Fortín, un predio de 22 hectáreas donde dos veterinarias dependientes del Servicio Penitenciario Federal (SPF) están al frente del sistema sanitario de los animales que tienen para la producción. Y hay también actividad avícola, agrícola, ovina, porcina y cunicultura.
Todo está destinado a la venta en el correccional, a donde van los vecinos a comprar huevos, pollos parrilleros, conejos o carne porcina, con una característica: son todos productos de calidad.
Los «residentes», como llaman a los internos, son 21 y trabajan todos excepto uno, que está jubilado.
Cobran el salario mínimo vital y móvil por su labor pero perciben el 30 por ciento, que destinan a sus gastos personales. El resto se deposita en el Banco Hipotecario y lo reciben cuando recuperan la libertad a fin de que, a partir de las habilidades adquiridas con su trabajo, cuenten con recursos para iniciar una actividad que les permita reinsertarse en la sociedad.