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DÍA INTERNACIONAL DE LA MUJER: Ayer un amigo me invitó a escribir acerca de este día

En principio lo dudé, porque me tomó de sorpresa. Pasados unos instantes le dije que lo haría, pero sólo con una condición: no referirme al porqué celebramos las mujeres nuestro día el 8 de marzo, porque ya está muy bien escrito, como así tampoco haría mención a las que yo llamo “mujeres estandarte”, que son aquellas de las que hablan los historiadores y cuyas vidas se tiñen de la subjetividad del que las cuenta.

Con estas razones expuestas, es que deseo hablar en estas líneas de la mujer común, esa que todos los días cumple con su papel, cualquiera que éste sea.

Sé que todas tenemos nuestras “mujeres señeras”, las que nos marcaron el camino; ésas a las que primero amamos y a las que luego admiramos y terminamos imitando. Por supuesto, pensé en mis dos abuelas españolas, las que con dos historias ¡tan distintas!, pero al mismo tiempo ¡tan interesantes! marcaron mi identidad. La materna me mostró la vida desde la cotidianeidad, desde lo práctico; yo diría que me ayudó a construir el conocimiento desde la acción. La paterna, me formó en el valor de la palabra, a través de sus libros, de sus narraciones y fábulas, de su música, por lo que diría que me enseñó a construir el conocimiento desde la instrucción y el estudio. Pero ambas experiencias tienen un solo hilo conductor que me dio la esencia de mujer: el amor. Y eso lo plasmó la mujer que me trajo al mundo, mi madre, que me enseñó el valor que tiene ser honesta, trabajadora, amante de mis mayores, respetuosa, y que instaló en mí el deseo de ser y de hacer.

Por esa buena vida que me tocó en suerte vivir, es que hoy me duelen profundamente las mujeres mal tratadas. Y no me refiero solamente a las mujeres golpeadas, que siempre existieron y que por vergüenza o por miedo se ocultaron, y de las que hoy tomamos conciencia gracias a que algunas tienen la valentía de denunciar las acciones aberrantes de su agresor y logran que los medios de comunicación las muestren.

A lo que me refiero es a la violencia de género, que se ve en todos los ámbitos de nuestra sociedad, porque algunos hombres no sólo maltratan en sus hogares, sino también en el trabajo, en la política, en la vida toda. Y no estoy haciendo aquí un panfleto feminista, ya que el feminismo cae muchas veces en acciones que terminan siendo meras competencias en las que cada género quiere ganar el lugar del otro. Tampoco acuerdo con los resabios de nuestra sociedad machista que prefiere a la mujer sumisa, obediente, servicial, doméstica y domesticada.

Por eso admiro profundamente a las mujeres que a diario le hacen frente a la vida en soledad; esas que se cargan la familia sobre sus espaldas, que agachan la cabeza y trabajan “de lo que sea” para llevar un plato de comida a la mesa de sus hijos, esas que lloran avergonzadas cuando tienen que pedir, porque se sienten humilladas en su dignidad de persona, esas que sufren ante patrones explotadores y desconsiderados, (cuando no acosadores), que le pagan salarios de miseria, generalmente “en negro”, esas que se sienten impotentes cuando desde las oficinas públicas de orden gubernamental, las vapulean de un lado a otro, sin solucionar sus problemas (salvo en épocas preelectorales). Me duelen sus vidas porque cualquiera sean los motivos que las llevaron a esta situación, siempre la condición de ser mujer las pone en desventaja. Algunos pensarán que no hicieron nada para que su vida fuera otra, y muchos hablan de comodidad o de asistencialismo. Desde mi experiencia cotidiana yo pienso que como sociedad no les dimos las oportunidades suficientes o si se las dimos, no insistimos para que las aprovecharan. Y me siento corresponsable. Y me encantaría que todos juntos podamos reflexionar, en nuestra sociedad cada vez más intolerante. Pero sobre todo que podamos lograrlo las mujeres, porque siento que no hacemos todo lo necesario para luchar contra la desigualdad de género, a pesar de que escuchemos a diario discursos que hablan de igualdad y de equidad.

Hay mujeres que pudieron elegir ser amas de casa, y que cuidan de sus familias, porque el hombre mantiene el hogar. Las respeto, y a veces me causan un poquito de envidia. Hay otras, que pudiendo hacer lo mismo, eligieron compartir familia y trabajo, porque aman su profesión o por la razón que sea. A ellas les valoro la decisión, y además de respetarlas me causan una cierta admiración. Habemos otras en cambio, que necesitamos trabajar para ayudar en el mantenimiento del hogar, o porque con el correr de los años nos quedamos solas a cargo de los hijos y contamos con la suerte de tener un trabajo digno y reconocido, aunque la mayoría de las veces mal pago. Por eso, no tenemos derecho a quejarnos de nuestra suerte, sí, en todo caso, tenemos la obligación de luchar por mejorar y lograr mayores reconocimientos. Agradezcamos la posibilidad de ser mujeres capaces de darnos un lugar dentro de la comunidad y de poder aportar nuestro grano de arena al posicionamiento social de las mujeres.

Mi mensaje final se convierte en preguntas: ¿qué hacemos a diario las mujeres para luchar por la desigualdad de género? Por eso dejé para el final a las mujeres que más me duelen, a esas que llamamos “mujeres de la vida”. A ellas quiero recordarlas en un poema de Horacio Guarany que dice: “Amo a las prostitutas, ellas son mis hermanas malqueridas, y yo las amo porque están muy solas”. ¿Qué hacemos las mujeres todos los días para terminar con la violencia de género? ¿Y con la trata de personas? Se los dejo para que piensen. Esta es la tarea de hoy en nuestro día: tomar conciencia y asumir nuestro compromiso de solidaridad para las más desvalidas. ¡Que así sea! Un abrazo de

UNA MUJER COMÚN