Y fuimos a Varadero, nos habían dicho las mejores playas del Caribe. El mar tiene diferentes tonalidades de turquesas y una transparencia que permite ver la sombra del cuerpo nadando sobre el lecho del mar a dos metros de profundidad. Y como siempre escuchamos historias de la gente del lugar.
Varadero tiene 30 km de playa acompañadas de hoteles y casas muy bellas. Fue el lugar más preparado para el turismo y por lo tanto, las ofertas de divertimentos eran parecidas a las que se pueden hallar en las playas más concurridas de nuestro país.
Claro que el mar, la arena y el clima son diferentes. Los cubanos están en pleno invierno pero el clima es muy amable, oscila entre los 28ºC y los 30ºC.
Por eso no había casi cubanos en la playa, pero sí muchísimos extranjeros. Los peces, los pelícanos y las gaviotas, volvieron a aparecer frente a nuestros ojos. Fue un día de relax, después de varios de aventuras.
Y como siempre, para gastar poco lo mejor es hablar con la gente del lugar. Los taxis de Varadero nos resultaban muy caros. Una artesana nos escuchó y enseguida, como casi todo cubano, se metió en la conversación para dar indicaciones.
Así nos enteramos que pasando el puente trabajan los taxis de Matanzas y el viaje nos costó menos de la mitad. Fue una constante el conseguir la comida buena y barata, las excursiones, el transporte más accesible a través de la conversación con la gente.
No hay persona más sociable que el cubano. Hasta al preguntar por una dirección se juntaban cuatro o cinco a debatir por dónde había que ir. Este tipo de reuniones espontáneas en que todos opinaban nos provocaron gracias porque se daban en las más diversas situaciones.
Un día, en Trinidad, vimos un choque entre dos autos sin demasiada importancia. No exageramos si les contamos que se reunieron alrededor de 150 personas y todas discutiendo sobre el accidente.
En Matanzas vimos otra situación extraña para nosotros. Vimos una gran concentración de gente, y curiosos, fuimos a ver de qué se trataba. Había un patrullero con un hombre esposado y al costado una mujer llamaba a gritos a la gente para qué vieran “al ladrón”. En varios lugares vimos la consigna “unidos, vigilantes y combativos”, y la sociedad se autoregula en varios aspectos.
Aunque en los que el gobierno hace la vista gorda, también ellos naturalizan lo ilegal. Por ejemplo en la venta de combustible (gasoil) robado a las empresas del estado que se vende detrás de las estaciones de servicio en tachos escondidos entre los arbustos. Uno de los taxistas nos explicó que el gobierno “deja hacer” porque con los taxis de los cuentapropistas se resuelve parte del problema de transporte y solo podrían funcionar con un gasoil mucho más barata que el oficial.
A la noche fuimos a comer pizzas por el equivalente a 3 pesos nuestros por unidad, por supuesto junto a los cubanos en sus lugares de consumo. Y luego a una heladería. La experiencia parecía resumir al socialismo en la práctica. Debimos hacer cola para entrar, adentro vimos muchos empleados con tareas como servir agua antes del pedido o indicarte la mesa.
Nos ofrecieron sopa de helado, que consistía en cinco bochas de helado con un pedazo de torta, a lo que en nuestro país sería 1 peso con cuarenta centavos. El problema era que solo había un gusto. Helados para todos, a precio bajísimo, un solo gusto, muchos empleados y burocracia para acceder.
Mañana regresaremos a La Havana, serán nuestros dos últimos días y ya nos entró la tristeza por tener que regresar.