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Diario de viaje por la isla de Cuba (cuarta entrega)



Salimos a Viñales, en la provincia de Pinar del Río. Lo que disfrutamos allí fue indescriptible. Tanto como extraño es que no se promocione esta parte de Cuba.


Nos llevó Rafael, que casi se ha hecho parte del grupo. El paisaje es montañoso pero de selva subtropical. Caminos sinuosos entre gigantescas laderas escarpadas y plantas, muchas plantas.

Paramos en un cruce donde en un puestito Rafael pidió guarapo para los siete. Es una bebida que se extrae de la caña de azúcar, y pasamos a ver como dos mujeres del lugar pasaban las cañas por una prensa y extraían el jugo que tomamos allí, en el momento. Y no nos cobraron un centavo.

Continuamos el recorrido entre la tierra colorada y la vegetación exuberante. Nos bajamos a sacar fotos al mural prehistórico, una inmensa pintura sobre una de las escarpadas laderas. En lugar de pisar gramilla o yuyos, caminábamos sobre potus y otras plantas que en nuestra pampa cuestan dinero y esfuerzo hacerlas crecer.

Allí, como en toda la zona, todos eran “yuyos”. Las hojas inmensas y las plantas arrancando a la piedra maciza un espacio para vivir, las rosas chinas, orquídeas, palos de agua y santa ritas entre miles cuyo nombre no recordamos. Nos contaron que en el lugar hay 90 especies de palmeras. Y la exuberancia y los colores de la vegetación fueron el complemento de un clima ideal.

En un parador conocimos los secaderos de tabaco y plantas increíbles como las barrigonas, una especie de palma cuyo tronco tiene panza y luego se afina;  y los camagüey, un increíble árbol que desarrolla raíces desde las ramas y va formando una cortina de raíces junto al tronco.

Los techos del parador construidos totalmente con hojas de palmeras, los pilares con tronco de barrigonas,

Desde un mirador el paisaje se abrió con la sensualidad de una naturaleza majestuosa. Nos recibió un viejo cebú y la amabilidad de la gente del lugar.

Luego fuimos a la Cueva del Palenque de los Cimarrones, donde bajo su  el techo se armó un paladar (bar o restaurante) que los sábados a la noche se transforma en discoteca.

Hasta los baños son instalaciones dentro de alguna de las innumerables cuevas de la montaña. Y los “reservados” del boliche son inmensos huecos naturales en la gran piedra..

Nos ofrecieron recorrer la cueva donde se hallaron restos de la vida cotidiana de los negros esclavos que escapaban de las plantaciones de azúcar. A ellos se los llama cimarrones. Y en esos lugares se escondieron para vivir en libertad.

El recorrido de la cueva es de tan solo 140 metros y termina en una apertura a un restaurant impresionante. Allí, como en la mayoría de los lugares, nos esperaba un grupo de música cubana, con todo el son y la rumba como solo ellos pueden hacer.

Otra vez los techos de hojas de palmas, una decoración llamativa y unos inmensos caracoles. Nos explicaron que el lugar hace millones de años estaba bajo el mar y por eso se pueden hallar semejantes conchas marinas.

La decoración era en honor a la diosa Oxum, diosa de la femeneidad, del agua dulce, de la fertilidad. Diosa traída por los negros esclavos, diosa amada y venerada en el lugar. Y que en el sincretismo al que obligaron los españoles, se transformó en la Virgen de la Caridad, patrona de Cuba.

Y nos perdimos el ritual que dos negros hacen para los turistas cada día, pasándose candela (un palo encendido en la punta) por todo el cuerpo para apagarlo en los genitales o la boca. Justo hoy, no fueron al lugar.

Volvimos en un carro tirado por caballos al restaurant dentro de la cueva y degustamos un trago típico al que le pusimos el infaltable ron. De allí al auto en el que viajamos, un Ford Pisicorre modelo ’55, los siete argentinos y Rafael.

De allí viajamos a la  Cueva del Indio y el asombro nos invadió una vez más. Entramos en una cueva desbordada de estalactitas y estalagmitas. Unos 200 metros a pie, maravillados por las formas de la naturaleza; y unos 250 metros en lancha por un río subterráneo.

El río San Vicente nace en donde está enclavada la escuela República de Chile, ingresa a la cueva del Indio, sale por dos lugares diferentes y 25 km después desemboca en el mar Caribe.

Otra vez un restaurant típico del lugar, artesanías y mucha gente amable. Aunque advertían que no compraríamos nada, la charla fluía y hasta algún regalito pequeño nos llevábamos.

Sacamos el mate, las masitas, ocupamos una mesa y nos reencontramos en la charla tras tanta magnificencia de la naturaleza, difícil de describir.

Volvimos a La Habana, y fuimos a comer a un paladar donde, por supuesto había un grupo tocando música cubana. Y esta vez, todos acompañamos con maracas y claves y hasta uno de los integrantes del grupo agarró el bongó y tocó. Y no faltó la que se bailó todo mientras esperábamos la comida. Mañana partiremos a la provincia de la Ciénaga de Zapata. ¿Con qué nos asombrará esta Cuba voluptuosa desde todo punto de vista?

Saliendo de una de las cuevas
Saliendo de una de las cuevas

Entre plantas de tabaco y barriconas
Entre plantas de tabaco y barriconas

Restaurant y bolich en la cueva
Restaurant y bolich en la cueva

Camagüey
Camagüey

Música en todas partes
Música en todas partes


Los pilares del restaurant son troncos de barriconas
Los pilares del restaurant son troncos de barriconas