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Diario de viaje por la isla de Cuba (segunda entrega)



La primera impresión al recorrer La Habana desde el aeropuerto hasta La Habana Vieja donde reservamos las habitaciones de una casa,  fue la de llegar a una ciudad con muchos contrastes.  Y fue un shock para los preconceptos con que inevitablemente se viaja. Entre edificios en estados deplorables y elegantes mansiones, la algarabía de un pueblo con mucho arte, mucha música, mucho ritmo y sobre todo muchísima amabilidad.

El contraste entre lo abandonado y lo restaurado
El contraste entre lo abandonado y lo restaurado

En algunas partes de La Habana vieja parecía que circulábamos entre zonas devastadas por una guerra. Edificios bellísimos de muchos años de antigüedad con techos caídos, sin aberturas, semi derrumbados. Y al lado otros en pésimo estado donde se podía curosear la vida de la gente, con la ropa tendida en los balcones, las ventanas abiertas, los lugares comunes llenos de humedad, con paredes descascaradas. Y decenas de ojos mirando, mientras pasábamos en un auto para siete pasajeros, muy nuevo, con aire acondicionado, al mejor estilo del país más desarrollado.

Llegar a la casa que habíamos reservado desde Argentina nos iba sumiendo en una especie de incertidumbre ¿dónde nos llevaban? Las fachadas muy abandonadas, mucha gente en la calle…. Tocamos timbre con recelo. ¿Allí íbamos a dormir? Bueno… sabíamos que nos podíamos adaptar a  muchas cosas y seguimos adelante.

La sorpresa fue al entrar. Una antigua casona, de 1923, con muebles de época, impecable, nos esperaba. Arañas con decenas de vidriecilllos, plantas por doquier, espejos antiguos, muebles de estilo señorial y muchos cuadros muy grandes.

Otra vez el contraste,  ahora entre el afuera  y el adentro. En la noche pudimos espiar la vida de los cubanos en la Habana . Muchas viviendas, semidestriuidas por fuera, por dentro eran una réplica de las antiguas casonas, con increíbles pisos dibujados, mayólicas, herrajes importantes, molduras en paredes y techos.

A la tardecita fuimos al Malecón, una serie de edificios de la colonia que sirvieron como fuerte contra piratas y corsarios y como puerto de La Habana. El lugar es muy bello, a uno le parece sumirse en cuatrocientos años atrás y hasta puede revivir en su imaginación historias de aventuras.

Unos chicos se tiraban desde unos dos metros de altura al mar en medio de una algarabía genuina y pedían que les sacáramos fotos. Uno nos gritó (casi se podría decir que la forma natural de hablar del cubano es a los gritos) “el cubano es feliz”, y el otro agreró “sí, por la nariz”. Reían sin parar.

A unos metros unos muchachos jugaban al fútbol también en un ambiente de alegría común. Otros tomaban ron mirando el mar, parejas se besaban… una postal de gente relajada, divertida con poco y nada, mejor dicho con poco y nada de consumo, y con mucho de una cultura alegre y sociable.

Pero también allí tuvimos la primera experiencia con los jóvenes cubanos que quieren irse de la isla y acechan a los turistas. Son simpáticos al principio pero por momentos se ponen cargosos.

Al igual que los taxistas, hablan pestes del gobierno y del régimen y creen religiosamente que el resto del mundo es un paraíso. ¡Pobres, si supieran! Cuando les contamos lo que pasa en nuestro país comparando lo que ellos cuestionan del suyo, se quedan asombrados.

Como hace 500 años los españoles les vendían espejitos de colores, hoy creen en los espejitos de colores de un mundo capitalista donde el tener les “garantiza” una vida de felicidad.

Y en ningún país vimos tanta felicidad, prácticamente sin suicidios, ni femicidios, ni violencia, ni robos y contados homicidios, casi sin delincuencia… aunque con pocas cosas materiales.

La alegría en la vida cotidiana se percibe en cada momento. Otra cuestión que nos llamó muchísima la atención es la cantidad de cuadros que hay en las casas particulares y  la cantidad que se ofrecen a la venta. Mucho arte. Y muchísima música en vivo.

Nos costó regresar a la casa que alquilamos. Cada media cuadra un sucucho aparecía a nuestra vista con telas de exquisitos colores, instrumentos musicales del lugar. Y en varios entramos. Nunca se  va a estar en La Habana sin que alguien converse con vos. Y aunque no te puedan vender nada, la charla fluye sin obstáculos.

Además, las invitaciones a bailar música cubana y tomar mojitos o ron son constantes. Finalmente accedimos y fuimos al bar donde nos dijeron que se había filmado la película de Buena Vista Social Club y donde tocaba Compay Segundo. No era cierto, pero igual la pasamos  muy bien.

Había un grupo como todos los grupos que veníamos escuchando en cada calle, y una de nosotras salió a  bailar… es difícil mirar aunque sea desde la vereda y no ser invitado. Ah, un detalle, todos los lugares tienen ventanas y puertas abiertas, o directamente no la tienen y todos pueden disfrutar de músicos excelentes, con mucho ritmo en la sangre. 

Hay mucha amabilidad. Y mucha charla. Fue la primera impresión de un país sobre el que todo el mundo opina. Y no pudimos salir de la norma, así que el relato será, sin dudas, con una visión cargada de valoraciones. Además, los cubanos hablan constantemente, opinan y debaten sobre política, la vida cotidiana es política. Y es otra de las cosas que no saben valorar.

Dicen que no se puede hablar contra el gobierno, pero todo el mundo habla del gobierno, y en general con críticas que va desde lo racional hasta el odio acérrimo. Mañana continuaremos con el relato.