Son cinco piquenses que se propusieron recorrer la ruta 40 desde Malargüe (sur de Mendoza) hasta Esquel. Una parte del equipo llegó a Bariloche y nos relata sobre la experiencia, la ruta, los hombres y mujeres encontrados en el camino, los increíbles y maravillosos paisajes desde Villa La Angostura a Bariloche.
Antes de partir de Villa la angostura no podíamos dejar de andar el sendero del Parque los arrayanes, que comprende 13 kms de ascensos y descensos entre la espesura de la vegetación y que desemboca en el muelle del lago Nahuel Huapi, inmenso y bello. Lo hicimos en bicicleta, con las precauciones del caso ya que hay muchos golpeados que no aplican frenos.
Salimos de Villa la Angostura hacia Bariloche, todo el tiempo rodeando el lago Nahuel Huapi, que brilla por la cantidad de kilómetros que ocupa y por la inimaginable cantidad de agua que alberga. La ruta es de asfalto pero peligrosa para andar en bicicleta debido a los “animales sueltos” al volante que circulan.
Llegamos al final de esta etapa en la gran ciudad turística rionegrina: Bariloche. No es o no la sentimos una ciudad que dé la bienvenida; más bien es una gran urbe repleta de autos que circulan a toda velocidad, con escaso respeto por la vida humana.O tal vez nosotros andamos a ritmo de bicicleta y por ende nuestra percepción es distinta. El tiempo también ha opacado la posibilidad de movernos en la ciudad ya que ha llovido casi todo el tiempo y la temperatura ha bajado considerablemente.
Hemos recorrido más de 800 kilómetros en bicicleta y damos por terminada esta etapa de la travesía, pues los tiempos se complicaron debido a la demora inicial del equipamiento que necesitábamos y que tardó en llegar más de lo planeado y por los días de recuperación que necesitó el “caído” en la ruta. Sin embargo, hay una parte del grupo que continuará viajando la Ruta 40, esta vez sin rumbo definido.
Nos quedamos con la satisfacción de haber andado los más bellos paisajes de nuestra tierra, de haber conocido una gran diversidad de seres humanoas: desde aquel mendocino que contaba que había viajado mucho y que ahora estaba queriendo instalarse en San Rafael y ante la pregunta de si ya había encontrado su lugar, respondió: “… tener un lugar es sentirse preso…”, o el brasileño, de San Pablo, que está viajando desde hace 20 años que, ante la misma pregunta contestó: “… tengo dos lugares: San Pablo, donde está mi madre, y Necochea, donde tengo dos hijas…”; o el boliviano con el que charlamos en Barrancas y nos contaba de los carnavales típicos y verdaderos de su Oruro natal y de su padre que “está joven, tiene 97 años…”; los personajes de los hospedajes donde pasamos alguna noche: Ramón, Isabel, Martín, Rosana, Marcela, Mario…
comenzamos este relato de viaje diciendo, como la canción: “… dicen que viajando se fortalece el corazón…” y también las piernas en nuestro caso… y por supuesto hace pensar en que la vida, viajando, tiene otro color y que pedaleando no existe el tiempo hasta que… hay que volver… a “un lugar”.