En la semana que pasó la población quedó perpleja ante los escalofriantes datos que surgieron en el juicio a Juan José Janssen. Y si se piensa que el hombre ya había sido condenado en varias oportunidades por abuso sexual simple pero estaba libre, ¿no será hora de pensar de manera diferente ante este tipo de delitos? ¿No será hora de enduecer las penas y evitar que sea excarcelable?

Foto gentileza Gladis Casacho
No existe violador y homicida que no haya comenzado su “trayectoria” delictiva con tocamientos o abusos sexuales simples.
Juan José Janssen es un ejemplo claro de ello. Tenía varias condenas pero estaba libre. Es que se puede obtener la suspensión de juicio a prueba o la libertad condicional por delitos sexuales simples.
Y el código penal no es más que un reflejo de la sociedad. Si hasta hace tres décadas los argentinos nos reíamos con el personaje del Manochanta de Olmedo cuando “toqueteaba”.
Claro que muy lejos está la realidad de las niñas manoseadas, que sufren humillación, vergüenza, miedo, sumisión ante el adulto que avasalla su cuerpo.
En general, en la sociedad no hay una percepción de la gravedad de un delito de abuso sexual simple, y en la Justicia casi nunca se pena con prisión efectiva.
Es que en una cultura machista el avasallamiento sobre el cuerpo de la mujer, en general, aún sigue siendo minimizado y hasta a veces festejado.
Pero las mujeres que sufrieron en su cuerpo la falta de respeto ante el avasallamiento de quien se cree con derecho sobre el otro, saben de la gravedad del hecho.
Y parte de la población con sensibilidad hacia el tema, reclama penas más duras ante los delitos sexuales y perspectiva de género al aplicar la ley.
Nadie sabe que pasó en Janssen para que rompa todas las inhibiciones sociales y haya violado a Sofía y a Micaela. Solo sabemos que antes manoseó a varias niñas.
Solo sabemos que por algunas de ellas fue condenado. Pero también sabemos que la condena no lo privaba de seguir en libertad acosando a las mujeres.
Es como si se le hubiese dicho que socialmente y legalmente estaba mal lo que hacía, pero no tanto como para una condena real. Y lo que venía haciendo, y lo que venía siendo minimizado por la sociedad y la justicia, un día no le alcanzó y quiso probar más.
Y violó a Sofía. Y después la mató para ocultar el delito. Sabía que estaba con una condena condicional y si se conocía iba a ir a la cárcel.
Y no le alcanzó con el “placer” de hacer sufrir, humillar, lastimar, violar y matar a una niña, intentó hacerlo de nuevo. Total, seguía con impunidad. Había manoseado a varias niñas y no había ido preso.
Había violado y matado a otra y nadie lo investigaba a pesar de haber podido ser el principal sospechoso. La impunidad lo acompañaba. Una impunidad que no era un regalo, sino fruto de una cultura que no toma conciencia de la gravedad de avasallar el cuerpo de una mujer.
La nueva víctima fue Micaela, pero algo falló en sus planes porque la niña se pudo escapar. Y porque gritó y contó lo que le había ocurrido. El manto de impunidad que tenía comenzó a correrse.
Y el padre de Micaela fue hasta la casa y lo quiso golpear y entrar y romper lo que pudiera. Y llamó a la policía. Y el manto de impunidad se terminó de caer. Pero durante años surtió efecto y permitió que avanzara más y más en su depravación.
¿Cuántos de los condenados por delitos de abuso sexual simple, hoy libres entre nosotros, pueden seguir el camino de Janssen? Imposible saberlo.
Pero una cosa es segura: si la sociedad y las leyes consideraran que el avasallamiento sobre el cuerpo de una niña o una mujer es una cosa muy grave que merece la prisión, hoy no estaríamos hablando de Janssen ni habría miles de víctimas mujeres sufriendo.
Quizás sea hora de revisar las condenas.