Son los adolescentes y jóvenes a quienes más se apunta en el hostigamiento de la oferta de drogas en nuestro medio. Estos datos tienen como fuente el centro Naim – Centro de prevención y tratamiento de las adicciones- de esta ciudad.

Haciendo una lectura de las estadísticas correspondientes a 2012 del Centro Naim de prevención y tratamiento de las adicciones, hemos obtenido una serie de datos valiosísimos, como así también el surgir de un sinnúmero de preguntas que como equipo de trabajo y como miembros de nuestra sociedad es conveniente hacernos.
Nos aproximamos hoy a dos de ellos: edades para las que se demanda atención y vínculo de quienes consultan.
En cuanto a la demanda del servicio se destaca que el 61% consulta por adolescentes y jóvenes hasta los 20 años (31% hasta 15 años y 30 % de 16 a 20 años). No quedan muy atrás los jóvenes entre 20 y 30 años, que comprenden un 25%.
Son los adolescentes y jóvenes a quienes más se apunta en el hostigamiento de la oferta de drogas en nuestro medio. Y aunque estos aún se encuentran bajo la égida de instituciones que los albergan (familia, escuela, club, etc), éstas parecen haber “estallado”, como dice Ana Fernández[1], en cuanto a su función social. Dado que no logran contener a los sujetos, produciéndose un desfondamiento institucional, un vaciamiento del sentido y de su función reguladora de las prácticas sociales. Cabe destacar que esto promueve una fuente de insatisfacción en lo vincular y lo laboral que acrecienta entre nosotros una “cultura de la mortificación”[2].
Las estadísticas arrojan otro dato revelador de gran interés. Más allá de sus grietas, las instituciones, aunque “estalladas”, responden desde un “ethos del cuidado”. El 54% de quienes consultan lo hacen movidos por la preocupación por sus hijos e hijas a quienes ven sufrir y dañarse. Se añaden a esta lista maestros, profesores y directivos de escuela. Parejas, esposos y novios. Amigos y amigas, otros familiares y referentes de cultos religiosos, etc. Ellos han decidido poner nombre a un problema que muchas veces como ciudadanos queremos esconder o asignar a una porción específica de nuestra sociedad. “El ´cuidado´ constituye la categoría central del nuevo paradigma de civilización que trata de emerger en todo el mundo.”[3] Sin saber cómo, sumergidos en la angustia y el dolor, con cierto desconcierto y hasta muchas veces vergüenza son muchos quienes intentan frenar la mortificación dando paso a una nueva cultura emergente, silenciosa, del cuidado y la institución de la ternura. Ternura como constitutiva del sujeto, como motor y transmisora de cultura, como productora de historia y abrigo ante el desamparo social.