Hoy emprendimos la aventura de llegar a Aguas Calientes, último pueblo antes de Machu Pichu, donde pasaremos la noche. Durante tres horas debimos caminar por la selva subtropical sin más guía que las vías del tren, el río Urubamba y tres linternas para once personas. Antes sufrimos con un chofer que no conocía el camino, además de ser un peligro al volante. No fuimos los únicos indignados con los servicios malprestados.
Empezamos a recorrer el camino con las últimos rayos de sol, llegamos entrada la noche
Ya estamos más cerca de Machu Pichu. Dejamos en manos de una empresa de viajes todo el tramiterío para ingresar. Error. Son muchísimos los extranjeros indignados con los que venden los tours, por la falta de cumplimiento y una informalidad que asusta.
Salimos dos horas más tarde de lo pactado. En una combi íbamos los cuatro argentinos, dos franceses y una pareja integrada por un limeño y una colombiana. El chofer era la primera vez que hacía el viaje, manejaba de forma imprudente y vivía preguntando por donde había que seguir.
Ya la cosa venía mal pero aún estábamos de buen humor, hasta que en una de las tantas maniobras riesgosas, golpeó el espejo retrovisor de un auto. Una hora perdida hasta que llegaron a un acuerdo.
El colmo de males fue cuando el chofer nos pidió 10 soles a cada uno para arreglar con el damnificado, con la promesa de devolverlos después.
Los argentinos no les dimos un solo peso y empezamos a advertir que íbamos a reclamar por el servicio, los franceses no se cansaban de repetir que querían que le devuelvan la plata y volverse a su país, donde estas cosas no pasaban. Y el limeño quería impresionar a toda costa a su novia colombiana así que siempre estaba en actitud conciliadora.
Seguimos viaje, siempre al borde del accidente de tránsito, con un chofer que vivía soltando el volante y atendiendo el celular en caminos de cornisa o parecidos.
Viajamos por el valle sagrado de los incas, entre pueblos realmente encantadores y sitios arqueológicos. El paisaje cada vez se tornaba más exuberante, con montañas abruptas y vegetación selvática.
Llegamos con tres horas de retraso a la central hidroeléctrica, casi de noche. Aún así pudimos observar los inmensos helechos, las hojas de plátanos casi tan grandes como una persona, las mariposas que a primera vista nos habían parecido pequeños pájaros, unos arbustos gigantes llenos de flores que colgaban y un verde intenso por doquier.
Allí nos tenía que esperar un guía para llevarnos a Aguas Caliente, pero el guía brillaba por su ausencia. El chofer quería regresar a Cusco, no lo dejamos y lo obligamos a acompañarnos por la selva subtropical.
A pesar de las peripecias, la experiencia fue bellísima, un cielo increíblemente estrellado, los sonidos de la selva, las vías del tren como referencia y el ruido, muchas veces ensordecedor del río que bordeábamos aunque no llegábamos a ver.
Pasamos dos túneles e infinidad de pequeños puentes. Solo tres linternas alumbraban a los 10 ocupantes de la combi y a un joven canadiense que se sumó al grupo. El clima nos acompañó, cálido y sin lluvia.
Al día siguiente nos enteramos que habíamos rodeado la ciudadela de Machu Pichu, pero no nos habíamos dado cuenta.
Llegamos a Aguas Calientes, un pueblito turístico realmente encantador, lleno de extranjeros. Comimos y nos fuimos a dormir. Mañana a las 6 tomaremos el bus que nos llevará a Machu Pichu. Y les contaremos la experiencia.
En cualquier parte, y aún entre montañas escarpadas, hay un espacio para una canchita de fútbol
El valle sagrado se encuentra entre montañas abruptas y vegetación exuberante
La estación de trenes de Aguas Calientes, al día siguiente y a plena luz del día
Cruzamos numerosas comunidades campesinas a la vera del camino