Hoy hace ya siete días que estamos viajando, hicimos cerca de 3000 km y estuvimos arriba del auto casi 50 horas. Hoy visitamos la Isla del Sol, un santuario incaico y tiwanaku. No transitamos sobre tierra sino sobre agua. Durante más de dos horas navegamos por un picado e inmenso lago para llegar a destino, y valió la pena.
Salimos de Copacabana a las 8:30 horas en una barcaza sin chalecos salvavidas y con 45 personas arriba. Llovía y el lago estaba picado. El viaje se hizo interminable, sobre todo para algunos turistas que se descompusieron. Pero valió la pena.
La isla es paradisíaca y tiene hermosas playas arenosas. Viven allí unas 2500 aymarás organizadas en tres comunidades, que explotan los servicios turísticos, cultivan la tierra, crían animales domésticos y se dedican a la pesca.
No venden ni las tierras ni las propiedades y la única forma de vivir en forma permanente ese mágico lugar es casarse con algún integrante de la comunidad
Pero así como se cierra esa posibilidad a los foráneos, no tienen ningún problema para que los viajeros acampen en forma libre en sus playas.
Allí se mezclan jóvenes viajeros trotamundos, contingentes de turistas de los más diversos puntos del planeta, cholitas y lugareños y hasta chanchitos y otros animales de corral (es una forma de decir porque no saben lo que es estar encerrados en corrales).
Recorrimos un largo camino empedrado hasta llegar a la piedra sagrada de los Incas y el templo laberíntico. Antes debimos traspasar las tres puertas sagradas de la purificación. El lugar es impresionante. El lugareño que ofició de guía aseveró que hay una energía muy especial allí.
También nos contó de la ciudad sumergida, justo en el centro del triángulo imaginario cuyos vértices son tres pequeñas islas que se divisan desde el templo.
En el museo de la isla se aprecian cerámicas y otros objetos rescatados por un equipo de buceo que registró la ciudad sumergida. También hay recortes periodísticos y datos sobre el equipo de investigadores.
El regreso fue igualmente de dos horas de duración pero ya había salido el sol y pudimos observar el lago con otra luz. En algunas partes, no se veía horizonte alguno y daba la sensación de estar en el mar.
Regresamos a Copacabana, caminamos por sus calles, comimos en la calle sus comidas típicas y volvimos al hostel. Mañana nos espera un largo viaje, de un tirón llegaremos a Cusco. Y les contaremos. Chau.
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