Partimos de Tilcara con esa sensación de haber faltado tiempo, de que el lugar pide unos cuantos días que disfrutarlo. Tomamos la ruta nacional 14 hasta La Quiaca y de allí a Tupiza, Bolivia. Los colores de la montaña, la inmensidad de la naturaleza, las cholitas y los cholitos mimetizados en el paisaje… nos acompañaron hasta Tupiza. Terminamos el año, terminamos el día bailando carnavalitos en la plaza del lugar con las comparsas de los barrios, entre los lugareños e innumerables extranjeros.
Camino a La Quiaca
El camino a La Quiaca es más bello aún del que veníamos recorriendo. Los sembradíos y la gente agachada sembrando semilla por semilla, o roturando la tierra con un precario arado de madera nos llamó la atención.
Pasamos el trópico de Capricornio, chozas de adobe y paja por doquier, cementerios multicolores, sobrepasamos los 4 mil metros de altura y el auto se apunó. No podíamos darle goma de mascar o coca, pero sí seguimos el consejo del mecánico y le sacamos el filtro de aire. No hubo más problemas.
En La Quiaca los mercados callejeros, las cholitas con bolsas repletas de papas de colores, quinua, choclos diferentes, ajíes resultó pintoresco. Antes pasamos por poblados donde se veían desde la ruta los barrios de viviendas construidos por la Tupac Amaru, con las imágenes del Che Guevara y del líder indigenista pintadas en los tanques de agua.
Pero no fue pintoresco ni agradable la traba que nos pusieron en la aduana para pasar a Bolivia. Los vidrios del auto solo tenían grabados el número de motor, pero no de patente. Más de cuatro horas tuvimos que esperar para que un policía nos grabara los cristales.
Aprovechamos a cruzar el puente y pasar al gran mercado persa de Villazón, Bolivia. Suelen llamarla “la Salada boliviana” y allí todo se puede encontrar. No solo cosas de electrónica, calzado y ropa, hasta lo más impensado. Y las esquinas repletas de aromas picantes que salen de las grandes ollas en que las cholitas cocinan y venden. Y los jugos de naranjas y mango exprimidos en las veredas, y los pasadizos internos en las cuadras, atiborrados también de puestitos. Todo se compra, todo se vende.
Nos comentan que cada vez hay menos paseros gracias a los programas de asistencia social de Evo y Cristina. Hace unos años, cuando los vi por primera vez, como hormigas o más bien como esclavos del siglo XVIII, cargando bolsas de harina sobre sus espaldas, doblados en dos, corriendo por el puente que une La Quiaca y Villazón, cayendo cada tanto y siendo reemplazado por otro compañero… llegando a vivir hasta los 35 o 30 años, nada más; cuando vi eso, hace siete años, entendí porque los europeos durante siglos estuvieron convencidos que indios y negros no eran personas y se asemejaban a animales de cargas. Hoy algunas cosas están cambiando de a poco.
En Bolivia nos esperaron rutas nuevas y un tránsito muy tranquilo. Curvas, más curvas, subidas, bajadas, cornisas, montañas y valles, un inmenso cielo con un atardecer increíble y la noche aún en viaje.
Tupiza nos recibió con una sorpresa. La conserje del hostel nos explicó que en Año Nuevo las comparsas de los barrios van llegando de a poco a la plaza central y todos bailan carnavalitos hasta la madrugada. A las 23,50 estábamos en el lugar esperando el colorido y la música.
Pasaban los minutos y no aparecía nadie. Ya creíamos que la fiesta se había suspendido… el problema no eran los cholitos y las cholitas y los músicos que no aparecían. El problema era que seguíamos guiándonos por la hora argentina y en Bolivia el reloj atrasa 60 minutos.
Al final llegó la fiesta. Inimaginable. Todo el pueblo y muchísimos extranjeros en la plaza. Las quenas, los tambores, los sikus, las trompetas… los hombres pusieron los carnavalitos.
Y las mujeres, con sus ropas típicas de carnaval, el baile. Los sombreros adornados con ramas de albahaca, orégano, ruda y flores. Alguna comparsa cumplía el ritual de tomar una bebida alcohólica del lugar y ofrendar el primer trago a la Pachamama.
Los extranjeros, la gente del pueblo, todos se iban mezclando en las comparsas que se sucedieron hasta altas horas de la madrugada. Todo fiesta, todos hermanados en la alegría.
Desde un cielo increíblemente bello, con una luna menguante acompañada por los colores de los fuegos de artificio, nos despedimos hasta mañana. Aunque temprano partirermos a Potosí, esta vez igual nos compramos una botella de vino tinto al tiempo para comenzar el año nuevo.
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Los barrios de la Tupac Amaru
Mercado callejero en La Quiaca
Chicos, grandes, extranjeros, lugareños, todos hermanados en la fiesta callejera de Año Nuevo
Rumbo a Tupiza, Bolivia, enmarcados en un atardecer increíble