La violencia social es un lenguaje, sin duda el peor de los lenguajes, el que impide la solución, el que ahonda los problemas, pero es un lenguaje. Es el lenguaje de los que no pueden poner palabras a una situación… ¿a la impotencia?, ¿a la bronca?, ¿al resentimiento? ¿a la necesidad de venganza?. Resolver la situación implica traducir ese lenguaje en palabras y abrir el diálogo. Nuestra comunidad, nuestros dirigentes, ¿están capacitados para ello? ¿Se encontrarán vías de diálogo o todo accionar concluirá en la represión? ¿Alcanzará la represión para evitar que vuelva a ocurrir?
Los hechos de violancia social que se vivieron en la semana que pasó nunca se habían dado en la ciudad. Fueron caóticos pero no erráticos. De todas las instituciones de la comunidad se dirigieron solo a dos: la policía y la justicia. Y algunos podrán decir que se mezclaron la bronca ante la violación y el asesinato de Sofía con la delincuencia lisa y llana. Pero también la situación de delincuencia habla. Habla de falta de inclusión social, de límites, de contención, habla de violencia física, simbólica, institucional, familiar… habla de muchas cosas. Y que se mimeticen la bronca e indignación social con la delincuencia no es llamativo.
Pero el eje está en que se quiso decir. Los movimientos de manifestantes pacíficos pidieron la renuncia de la cúpula policial, de los fiscales intervinientes y de todo responsable del desenlace del caso Sofía. ¿Qué habrán dicho con los piedrazos, las bombas molotov y la destrucción los movimientos de manifestantes violentos? Se podría decir que unos y otros pertenecen al grupo de los indignados. Que unos creen en su poder de ciudadanos, en el poder que les da ser parte de la sociedad; y que otros no confían o no se reconocen como ciudadanos con plenos derechos de reclamar a las autoridades, que históricamente vieron avasallados sus derechos y que solo encuentran en la violencia la forma de canalizar la indignación.
Nada los justifica, nada sirve de argumento para la violencia, pero desentrañar qué se quiso decir y trabajar sobre ello puede ser la punta del ovillo para entender a un sector social que hoy está excluido, que no cree en las formas de organización de nuestra sociedad, que no cree en las instituciones ni en la posibilidad de reformarlas, que cree que solo tienen poder con una bomba molotov o con tirar piedras. ¿Cómo se llegó a esto? ¿Cómo se sale de esto? Es una deuda que tenemos pendiente.